jueves 26 de enero de 2012

De Miguelón a Miguel pasando por Fernán González

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El 'Miguelón' de Atapuerca y Delibes abren y cierran una colección para escolares. Fundación Villalar y El Norte de Castilla entregan, desde el 25 de enero y hasta junio, las fichas con actividades relacionadas con su periodo histórico .

El 'Miguelón' de Atapuerca y el escritor Miguel Delibes abren y cierran, desde el 25 de enero y hasta el mes de junio, una colección de fichas denominada 'De Miguelón a Miguel' dirigidas a escolares que recorren la historia de la Comunidad de la mano de 52 personajes emblemáticos de cada época.

'Miguelón', el hombre de Atapuerca, Viriato, Ordoño II, Fernán González, El Cid, doña Urraca, María de Molina, Fernando III el Santo, Isabel la Católica, Jorge Manrique, Tomás Luis de Victoria, los Comuneros, Pedro Berruguete, Felipe II, Santa Teresa y San Juan de la Cruz, Diego Torres Villarroel, Tomás Bretón, 'El Empecinado', José Zorrilla, Jorge Guillén, Claudio Sánchez Albornoz y Carmen Martín Gaite serán protagonistas de estas fichas, que concluirán con la dedicada a Miguel Dleibes.

La colección, cuya primera ficha salió en El Norte de Castilla, tiene fin didáctico y en cada una de las entregas se acercará a un personaje en torno al cual se propondrán preguntas y actividades relacionadas con cada periodo de la historia y en función de la edad de los escolares --de tres a cinco años, de seis a doce y mayores de doce--.

Autor: EUROPA PRESS
Referencia: http://www.europapress.es/castilla-y-leon/noticia-miguelon-atapuerca-delibes-abren-cierran-coleccion-escolares-52-ilustres-castellanoleoneses-20120124142124.html

lunes 23 de enero de 2012

La leyenda de las Navas de Tolosa o cómo los cristianos muertos reclamaron a los vivos

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En las Navas, casi todas las fuerzas hispanas se unieron en una empresa que sentían como propia. Muchos derramaron su sangre en aquel empeño. Otros lo dieron todo, aunque no tenían sangre que derramar; eso, al menos, dice la leyenda.

Este año se conmemora el ochocientos aniversario de la batalla de las Navas de Tolosa. Decisiva donde las haya, tuvo lugar a comienzos del siglo XIII, y selló el destino de la Reconquista al poner Andalucía al alcance de las monarquías cristianas.

La batalla de las Navas de Tolosa fue el principio del fin de la presencia islámica en España. Apenas unos años después, Fernando III conquistaría el feraz valle del Guadalquivir, reduciendo la presencia musulmana en la península a poco más que al reino nazarí granadino. Las distintas Coronas hispánicas, con excepción de León, prestaron su concurso en tal alta ocasión, pues el rey Alfonso IX dudaba antes de comprometerse en la empresa.

Tenía ciertas querellas con Castilla, por la que no sentía un especial afecto pese a que se había casado con una princesa castellana, doña Berenguela, hija del rey de Castilla Alfonso VIII. Desde el inicio de su reinado comenzó un conflicto que no mermaría a lo largo de los años; el castellano ocupó algunas plazas de León que no le correspondían y Alfonso IX solo aguardaba la posibilidad de recuperarlas. Esta era la razón por la que estaba considerando su participación en la campaña contra los almohades.

Si Castilla era derrotada, León también sufriría el fortalecimiento musulmán. Aunque se había extendido por el sur hasta Extremadura, conquistándola en su práctica totalidad, si Castilla vencía, se volvería demasiado poderosa como para detenerla, y León quedaría encajonado. Pero existía una posibilidad: mientras Castilla peleaba, él recuperaría las plazas que Alfonso VIII le había quitado y que le correspondían.

Cadavéricos corceles
En esas estaba el rey leonés. Calculando si participar o no. Por lo que sabemos, Alfonso IX no participó en esa magna cruzada que fueron las Navas. Sin embargo, la leyenda popular matiza esta historia, pues desde tiempo inmemorial circulan consejas por la España castellana y leonesa que cuentan una historia estremecedora sobre algo que sucedió por aquellos días, los del verano de 1212.

Se hallaba el rey una oscura noche en la iglesia de San Isidoro. En el calmo cielo estival, de pronto, un gran estruendo rasgó el silencio de la capital leonesa, como si un gran ejército estuviese cruzando las calles de la ciudad. Resonaba un sacudir de arreos y un entrechocar de armas, y podían oírse los cascos de los caballos contra las piedras, y los bufidos de los animales, entrecortados, por todos lados.

Algunos leoneses salieron de sus casas al oír el ruido. Otros lo hicieron convocados por los sordos golpes sobre la madera de sus puertas. Todos vieron lo mismo: un fantasmal ejército perfectamente pertrechado, que los incitaba a tomar las armas contra el enemigo de Cristo, un enemigo que venía aterrorizándolos desde hacía siglos. Era aquel un ejército de caballeros cristianos muertos, caídos en la lucha contra los musulmanes en el último medio milenio, que se habían levantado de sus tumbas para despertar el sentido del honor y el orgullo de aquellos leoneses que iban a abstenerse de participar en la lucha.

En la penumbra, Alfonso IX pudo escuchar con nitidez cómo la hueste se acercaba a la iglesia. Los pasos cada vez resonaban más próximos a San Isidoro. Unos golpes secos, rotundos, cayeron como mazazos sobre el portón del templo. Cuando, ante la insistencia de los llegados, se decidió a abrir la puerta, el monarca vio estupefacto a los fantasmas de Rodrigo Díaz de Vivar y de Fernán González dirigiendo un espectral ejército a caballo, que reclamaba su compromiso. Los seguían los viejos guerreros caídos en combate, desde Covadonga hasta la fecha, que cabalgaban sobre cadavéricos corceles, leales en la muerte como habían sido en vida.

Dice la leyenda que los muertos habían venido para reclamar a los vivos. Y que los muertos marcharían a la batalla, de todos modos. Y más en sustitución de quienes no habían de acudir en auxilio de las tropas cristianas.

Un pastor desconocido
Resulta algo extraño, desde luego, que en los relatos de las Navas se haya venido insistiendo en la existencia de un pastor que guio a los numéricamente inferiores ejércitos cristianos por un desfiladero que nadie conocía, lo que les proporcionó una innegable ventaja. Quién fuera nadie lo sabe, pues una vez cumplida su misión el pastor se desvaneció y no volvió a oírse palabra alguna acerca de él.

En cuanto a la batalla en sí, no es menos curioso que el arzobispo de Toledo -y amigo personal de Alfonso VIII- Ximénez de Rada, quien fuera testigo presencial de la batalla, explicara que el combate se desarrolló en medio de una fenomenal polvareda en la que apenas podían distinguirse unos de otros y que, tras la batalla, sobre el campo quedaron muchos más cadáveres musulmanes que cristianos. Según el testimonio de Ximénez de Rada, entre los miles de moros caídos había muchos cuyos cuerpos se encontraban horriblemente mutilados y despedazados, pero sin que pudiera hallarse en ellos rastro alguno de sangre.

Autor: Fernando Paz
Referencia: http://www.intereconomia.com/noticias-gaceta/cultura/leyenda-navas-tolosa-o-los-cristianos-muertos-reclamaron-los-vivos-20120120

lunes 16 de enero de 2012

Una historia de obesidad en la época de Fernán González

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Sancho I, rey de Galicia, era hijo del segundo matrimonio de Ramiro II de León con doña Urraca Sánchez de Navarra, que a su vez era hija de la poderosísima y enérgica reina Toda Aznar de Navarra y de Sancho Garcés I de Navarra. Tras la muerte de Ramiro II (951) le sucedió su primogénito Ordoño III, casado con Urraca de Castilla, hija del influyente conde Fernán González.

Sancho I intento derrocar a su hermanastro Ordoño III, aunque no tuvo éxito. El repentino fallecimiento de Ordoño III (956) le permitió ser designado rey en Galicia, concretamente en Santiago, donde contaba con algunos partidarios, si bien no aparece como rey de León hasta el año siguiente. No obstante, pronto las tropas musulmanas atacaron con éxito las tierras leonesas, lo que supuso que muchos nobles le retiraran su apoyo a Sancho I. A la derrota sufrida se le sumaba su poca inteligencia, carácter orgulloso y problemas ocasionados por una obesidad extrema que le impedía andar, montar a caballo y enarbolar las armas en los combates. Por todo ello, los magnates lo despreciaban y el pueblo entero se mofaba de él, circunstancias que provocaron una conspiración que le obligó a huir a Navarra, designando rey a Ordoño IV el Jorobado, ya casado con Urraca de Castilla (la viuda de Ordoño III), lo que le aseguraba el apoyo de los prohombres leoneses y castellanos, sobre todo del levantisco conde Fernán González.

Es entonces cuando la ya octogenaria reina Toda de Navarra se propone que su nieto Sancho recupere el trono, pero para ello es necesario devolverle "la primitiva astucia de su ligereza". De esta forma, recurre a su sobrino Abderramán III, califa de Córdoba, quien accede a que le trate su médico, el judío Hasday Ibn Shaprut, y le proporcionará al tiempo ayuda militar. Sin embargo, Abderramán III les impone una condición: que sean ellos los que se desplacen hasta Córdoba. Ello supuso que atravesasen toda España Sancho I "que debido a su enorme peso fue trasladado en un torreón de asalto", su abuela Toda y el correspondiente séquito. Una vez en el califato, a Sancho le cosieron la boca, dejándole tan sólo una pequeña abertura para poder absorber líquidos, purgantes y hierbas "mágicas", a lo que se sumaron otros procedimientos físicos que convirtieron el tratamiento en una verdadera tortura. La dieta duró 40 días y el rey llegó a perder la mitad de su peso, con lo que ya podía caminar e incluso "yacer con una mujer". Así las cosas, recuperó el trono en el 960, entre el descontento del pueblo y nobleza.

En el año 966, en una expedición a tierras gallegas y portuguesas, encontrándose en el monasterio de Lorbán "a mi entender en lo que hoy es la iglesia de Santa María de Castrelo do Miño" se dice que el rey fue envenenado y falleció en el camino de regreso a León. Es posible que no hubiese tal envenenamiento y el rey falleciese como consecuencia del drástico tratamiento al que era sometido, lo que trae a colación la necesidad de que la obesidad sea tratada de modo personalizado por médicos especialistas y no se recurra a "productos y dietas milagrosas", que pueden conducir a la muerte. Solamente se puede emplear la medicina complementaria y alternativa, si hay evidencias suficientes de seguridad y eficacia, y tiene carácter integrador con la medicina convencional.

Autor: Francisco Martinón Sánchez
Referencia (y texto íntegro): http://www.farodevigo.es/opinion/2011/12/24/obesidad-epidemia-mundial-siglo-xxi/608771.html

martes 10 de enero de 2012

Tierra de Lara celebra el jueves los 1.100 años de la fundación del monasterio

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Con motivo de la celebración este jueves de los 1.100 años de la fundación por el conde Gonzalo Téllez, tío de Fernán González, del monasterio de San Pedro de Arlanza, la Asociación para el Desarrollo de Tierra de Lara, ha promovido una serie de actos que abren un año que estará salpicado de eventos culturales, como obras de teatro, conferencias, exposiciones, publicaciones, etc. 
El acto del jueves se celebrará en el entorno del propio cenobio, concretamente en el lugar exacto de la fundación, que es la ermita de San Pelayo, conocida también por éste motivo como San Pedro ‘el Viejo’, por ser anterior a la construcción a orillas del Arlanza que vemos hoy día. Tendrá lugar a  las 16,30 horas y consistirá en una alocución de bienvenida, a la que le seguirá una explicación sobre la fundación, que correrá a cargo de Julio Escalona, profesor miembro del CSIC (otra de las entidades co-organizadoras).
Posteriormente se procederá a la lectura del documento original en el mismo sitio, 1.100 años después y, para finalizar, se hará una visita guiada por los alrededores de la ermita, donde, aún hoy, se pueden observar restos de las construcciones en las que empezaron viviendo aquellos primeros monjes, antes de que la congregación empezase a recibir beneficios y prevendas de los condes y reyes castellanos. Al ir quedándose pequeña la construcción, se inició a finales del siglo XI, la construcción de la iglesia románica que  puede verse sobre las ruinas de una primera fundación visigoda, alrededor de la cual, se creó una comunidad religiosa que llegó a contar con más de 200 monjes y representó un gran papel en Castilla. Colaboran también la Junta, la Diputación, la UBU y la Universidad Juan Carlos I y los ayuntamientos de San Leonardo de Yagüe, Salas, Covarrubias y Silos.


Autor: diariodeburgos.es
Fuente: http://www.diariodeburgos.es/noticia/ZAD60BDAD-BCAB-D6D3-70CAE02B813C51D4/20120110/tierra/lara/celebra/jueves/1100/a%C3%B1os/fundacion/monasterio

miércoles 28 de diciembre de 2011

Desde los Votos de San Millán

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En agradecimiento por la intervención de San Millán en batalla contra los musulmanes, Fernán González, conde de Castilla y de Álava en el siglo X, quiso beneficiar a su monasterio gravando con un impuesto en especie a todo el condado de Castilla, desde el río Pisuerga hasta el Arga. El documento que lo validaba, conocido como Votos de San Millán, es el primero de los casi mil que forman el Becerro Galicano, uno de los códices más valiosos de la biblioteca emilianense, que acaba de ser editado por Cilengua de mano de su investigador Fernando García Andreva.
El Becerro, explica su estudioso, recoge uno de los conjuntos documentales más antiguos del mundo rural, en especial de la parte este de la actual Rioja, nordeste de Burgos y oeste de Álava, aunque también menciona en menor grado Vizcaya, Navarra, Segovia, Soria y Zaragoza. Dado su interés, este cartulario ya había sido editado parcialmente en dos ocasiones, pero con errores de lectura y de fechas. Por ello, el objetivo principal de la investigación de García Andreva, que le valió el título de doctor por la Universidad de La Rioja, ha consistido en «la edición íntegra, fiel y completa mediante su edición paleográfica-interpretativa».
El volumen tiene 246 folios (de piel de becerro), la mayoría a doble columna, en letra carolina (galicana), y debió de ser escrito entre los años 1194 y 1201. Su copia la llevó a cabo, casi en su totalidad, una sola mano, perpetuando los diplomas del actualmente perdido Becerro Gótico, escrito en su mayoría en letra visigótica, y necesitado por aquel entonces de una ampliación y reorganización diplomática.
La documentación primigenia en él albergada comprende un periodo de más de cuatro siglos (759-1194) repartida en función de las diversas compras, ventas y donaciones al monasterio de San Millán en diferentes zonas geográficas, de entre las que destaca La Rioja Alta, la Bureba burgalesa, con Obarenes y Merindades, además de Valdegobía y el noroeste de Álava.
Documentación inédita
Editado parcialmente en 1930 por Luciano Serrano y casi en su totalidad en 1989 por Antonio Ubieto y María Luisa Ledesma, el Becerro Galicano se vuelve a publicar ahora «para sacar a la luz documentación inédita y para corregir los numerosos errores de transcripción de que adolecían las anteriores publicaciones», señala García Andreva. «Se ha perseguido con este trabajo -añade- un resultado fiel y completo a través de una lectura progresiva del libro, tomado como objeto de estudio en sí mismo y presentando sus documentos con la fecha original del códice y en el lugar exacto en que aparecen en él».
La presente publicación del Instituto Orígenes del Español de Cilengua incluye un completo estudio codicológico en el que se analiza el material de escritura, el proceso de copia, las manos, las tintas, la letra, el contenido y la historia del códice, así como detalles paleográficos del importante documento mencionado del Privilegio de Fernán González o Votos de San Millán que abre el cartulario.
También se incluye una tabla con el contenido diplomático de los 977 documentos del Becerro (32 de los cuales añadidos con posterioridad), esta vez ordenados en función de la cronología exhibida en el códice, «con el objeto -indica el autor- de ser de utilidad a cuantos historiadores, filólogos, diplomatistas, paleógrafos, expertos, en general, familiarizados con la documentación medieval, se acerquen a esta imprescindible fuente de la historia rural medieval».
«El Becerro Galicano de San Millán de la Cogolla -concluye García Andreva- constituye, sin duda, una de las fuentes historiográficas más importantes de la Edad Media y, por consiguiente, uno de los códices más valiosos del cenobio emilianense».

viernes 16 de diciembre de 2011

Montes de Oca en el Poema de Fernán González, enclave del Camino de Santiago

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José Luis Salas nos lleva por el Camino de Santiago Francés, de Puente la Reina a Burgos. Cada jueves nos colamos en una etapa de su diario. Hoy la etapa 7 en el camino de Santiago: Belorado - Agés.
La luz débil del amanecer comienza a entrar por la ventana. El día ha madrugado más que nosotros. Nos levantamos más tarde que otros días. Hace fresco, hay una ligera llovizna y Pepe con los estigmas de la etapa de ayer. Cruzamos el río Tirón por un puente peatonal de madera que la tradición atribuye a San Juan de Ortega. Es la belleza de las cosas útiles, la honradez de los materiales.

 Monte a la izquierda y cereal a la derecha. También algunos árboles frondosos. Crece la luz del alba. Amanecer de niebla en Tosantos, mientras vemos los cerros y la ermita rupestre de la Virgen de la Peña. Enseguida llega Villambistia, la Villa de Laín el Bestia, su primer poseedor. Después de Espinosa del Camino entramos en el Valle de Oca entre campos de cereales. Pasamos por el ábside de San Felices, resto del monasterio mozárabe dedicado a san Félix, maestro de san Millán y donde se dice que se enterró al conde castellano Diego Porcelos, fundador de Burgos. Aquí conocemos a Serena, italiana de cerca de Rímini, que viene de Tosantos. Nos cuenta que, en el albergue parroquial, el cura inculca a los peregrinos la idea de ir tranquilos, de no levantarse demasiado temprano, de noche, para poder ver el Camino y que ha dormido en el campanile.

En Villafranca tardamos en comer un bocadillo. El bar está lleno y el dueño dice que tenemos mucha prisa, pero que él no tiene ninguna. Cerca está el pozo de San Indalecio, cuyos restos fueron trasladados en el s. XI a San Juan de la Peña y, después, a la catedral de Jaca. Río Oca. Aquí comienza Castilla y Tierra de Campos. En el poema de Fernán González se dice: “Entonces era Castiella un pequeño rincón / Era de castellanos Montes de Oca mojón”. La montaña enmarca la imagen.

En la fuerte subida a los Montes de Oca, cada vez hay más niebla y el bosque de robles parece fantasmagórico.  En la Fuente de Mojapán los robles se mezclan con repoblaciones de coníferas. El camino es bueno y ancho. En el Alto de la Pedraja nos detenemos en el Monumento a los Caídos. La pista forestal llanea mientras la niebla va levantando. Paramos para comer algo y llega Patricia, de Barcelona, que ha coincidido con Serena en Tosantos.

Pasan todos los conocidos. Una chica cuenta que fue a urgencias a curarse una ampolla y tuvo que advertirle al médico que la tenía en el pie, porque le revisaba las piernas. En esta zona, uno de los parajes más temibles, infestado de alimañas y forajidos, hubo varios hospitales como uno cisterciense del que se conserva la Ermita de Valdefuentes. Los peregrinos se unían en grandes grupos para defenderse mejor.

Descenso suave hasta San Juan de Ortega donde hay mucha gente. Sol, nubes, no excesivo calor. El santo nació en 1080 y fue colaborador y discípulo de Santo Domingo de la Calzada. Es patrono del Colegio de Aparejadores y Arquitectos técnicos. Era famosa su intercesión contra la esterilidad, y por eso visitó el santuario Isabel la Católica en 1477. En el monasterio, en cada equinoccio, un rayo de luz penetra desde el exterior a través de un pequeño orificio e ilumina la escena de la Anunciación en un capitel, metáfora del alumbramiento del Niño Jesús por el Espíritu Santo. Hacemos una foto, que es ese momento salvado del tiempo.

Seguimos hasta Agés, en cuyas cercanías murió don García en 1054, siendo enterrado aquí hasta su traslado a Santa María de Nájera. El albergue está bien, aunque los servicios algo escasos, como siempre. Comemos aquí mismo y Ángel, que está en otro albergue, cura el pie a Pepe. Después de la siesta llegan Maika y Lukas. Por la tarde damos un pequeño paseo, porque hace viento y frío. En la cena nos despedimos de Serena y Patricia, que mañana saldrán más tarde. Se acerca el final. Ahora que esto se acaba, Pepe va cogiéndole el tranquillo y ya duerme mejor.

Autor: José Luis Salas
Referencia: http://www.diariodealcala.es/articulo_c/general/2620/etapa-7-belorado-ages

jueves 20 de octubre de 2011

Simancas, la conquista del Duero

Los moros conquistaron la Hispania goda tan rápido y fácilmente, que se confiaron y se durmieron en los laureles. Solo siete años después de la tragedia de Guadalete, unos cuantos caballeros godos se amotinaron en el norte y fundaron allí su propio reino independiente, el de Asturias.

Aquel mismo siglo, los francos, que temían otro Poitiers –la batalla donde Carlos Martel consiguió detener a la morisma en su cabalgada hacia París–, cruzaron los Pirineos y crearon la Marca Hispánica, un conjunto de condados defensivos para que, en caso de invasión, fuesen los hispanos y no ellos quienes se llevasen el primer palo. Los franceses, siempre tan previsores.

Entre unos y otros, a comienzos del siglo X los cristianos estaban atrincherados en la franja norte de la península y no había manera de sacarlos de ahí. Además, como pasaban muchas necesidades, sus reyes se encalabrinaban con cierta frecuencia y organizaban expediciones de saqueo al rico emirato de Córdoba, que se había quedado con la mejor parte del pastel y nadaba en la abundancia. Los de la Marca, acobardados por la poderosa taifa zaragozana, se aventuraban poco más allá de la ladera sur del Pirineo y de las serranías catalanas. Los asturianos, sin embargo, tenían más campo para correr.

Sabían que moros, lo que se dice moros, no había hasta Toledo; así que, aprovechando que el enemigo comparecía poco y mal, se fueron asentando en la submeseta norte hasta la orilla derecha del Duero. En el año 853 Ordoño I de Asturias reconquistó León, una vieja ciudad romana despoblada que había servido de sede a la Legio VII Gemina, que es de donde le viene el nombre, y no del felino. Años después su hijo, Ordoño II, la convertiría en capital del reino. Pero antes de que eso sucediese los asturianos, que iban sobrados de fuerzas, se internaron más al sur y arrebataron a los moros, en el año 893, un pequeño pero estratégico enclave en el tramo medio del Duero.

Se trataba de Zamora, encaramada en un altozano desde el que se dominaba el curso del río. Por esos mismos años, un tal Diego Porcelos, conde de Castilla y feudatario del rey de León, levantó una fortaleza a orillas del río Arlanzón a la que se empezó a llamar Burgos. La línea iba bajando lentamente ante la mirada medio atónita, medio irritada de los emires cordobeses, que no terminaban de explicarse por qué, a pesar de gobernar el principado más opulento de Europa, no hacían más que ceder terreno en su frontera septentrional.

Abderramán III, que llegó al poder en el año 929, conocía la razón. El emirato parecía mucho sobre el mapa, pero luego, a la hora de la verdad, se quedaba en nada. La autoridad del emir apenas traspasaba los muros de Córdoba. En el resto de Al Ándalus cada uno cumplía con la vieja costumbre española de hacer de la capa propia un sayo. Los caudillos árabes consumían más tiempo peleándose entre ellos o con los bereberes que preocupándose de la amenaza cristiana, que, por supuesto, no tenían como tal. A fin de cuentas, los harenes andalusíes estaban llenos de doncellas cristianas que habían sido entregadas como tributo. ¿Quién iba a tener miedo de alguien que entrega a sus propias mujeres para comprar la paz?
El nuevo emir –hijo, por cierto, de una concubina cristiana– se proclamó califa y planeó una gran ofensiva en el valle del Duero. Algo de tal calibre que obligaría a los envalentonados cristianos a refugiarse de nuevo en los remotos valles del Cantábrico. Llamó a la guerra santa y reunió un ejército colosal formado por unos cien mil hombres. Al frente del mismo abandonó Córdoba a comienzos del verano de 939. La victoria era segura, tanto que dejó dicho al imán de la mezquita que cada día entonase desde el minarete una oración en acción de gracias a Alá por poner fin a la molesta rebelión cristiana. Una rebelión que personificaban mejor que nadie el pesadísimo rey de León y su correoso vasallo castellano.

No había nada que temer. Dos años antes, con muchos menos hombres, había conseguido que, nada más llegar a Calahorra, la reina Toda de Navarra se pusiese de rodillas ante él sin necesidad de presentar batalla. En León, por el contrario, le habían dado para el pelo. Los castellanos sorprendieron a sus tropas acampadas cerca de Osma, propinándoles una humillante paliza que hizo salir despavoridos a los soldados del califa.

Esta vez iba a ser diferente. Para empezar, la máquina de la propaganda estaba debidamente engrasada. El califa se encargó de poner un nombre a la expedición, la llamó campaña del Poder Supremo. Luego estaba la cuestión militar. Los leoneses nunca se habían medido contra un ejército semejante, de hecho ni siquiera lo habían visto, y ahora no iban a cogerle desprevenido como en Osma. Reabastecido en Toledo, Abderramán se dirigió al norte cruzando el Guadarrama. El objetivo era Zamora, que, una vez en sus manos, le pondría en bandeja el reino leonés al sur de la cordillera cantábrica.

Ramiro II pronto supo lo que se avecinaba y mandó aviso al conde de Castilla, Fernán González, y a García Sánchez, rey de Navarra (probablemente avergonzado por el numerito que había hecho su madre en Calahorra), para que enviasen refuerzos urgentemente. El plan era atraer a los moros hasta Simancas, una plaza fortificada junto al Pisuerga relativamente fácil de defender. Allí se reunieron los soldados llegados desde todos los puntos del reino de León, desde Navarra y unos cuantos aragoneses a modo testimonial.
No nos han llegado detalles de la batalla, básicamente porque en aquel entonces los cronistas se dedicaban a componer ditirambos para los reyes y a contar mentiras al por mayor. Lo que sí sabemos es que, poco antes de que empezase, hubo un eclipse total de sol, que debió de ejercer un gran impacto sobre el ánimo de los combatientes. Tanto el cronista moro como el cristiano lo citan, así que debe de ser verdad. Además, los astrónomos modernos han calculado que el eclipse se produjo exactamente el 19 de julio de 939.
Días después del eclipse, repuestos del susto y hechas las oraciones de desagravio pertinentes, moros y cristianos se liaron a palos. Parece que la estrategia seguida por Ramiro fue la de resistir a toda costa en el castillo de Simancas y hostigar al ejército de Abderramán aprovechando el conocimiento del terreno. La tropa mora era muy numerosa, pero probablemente estaba mal avenida, lo que facilitó las cosas a los cristianos, que eran menos pero más compactos y disciplinados. Al final, después de cinco días de combate, Abderramán ordenó la retirada. Los leoneses, que no habían tenido suficiente, le persiguieron hasta un barranco, el de Alhándega, donde se apoderaron de la tienda del califa, haciéndose con un botín de gran provecho.

Abderramán salió con vida de milagro y volvió a Córdoba con la cabeza gacha. Ajustició a los que consideraba responsables de la derrota y decidió no volver a encabezar una expedición guerrera. La noticia voló por todo el orbe cristiano. Hasta en Roma se hicieron eco de ella. Los castellanos aseguraron que San Millán había bajado de los cielos espada en mano para ayudarles en el fragor de la batalla, por lo que decidieron convertirle en su patrón, cosa que sigue siendo hoy, mil y pico años después. Los leoneses barrieron para casa diciendo que el que se había aparecido era Santiago por segunda vez –la primera fue en Clavijo– a lomos de su caballo blanco. Caprichos de la historia, el poder supremo al que había impetrado el imán de la mezquita de Córdoba al final parece que favoreció a los cristianos.
Con o sin ayuda de arriba, los cristianos se apuntaron en Simancas una victoria decisiva. El reino de León fijó su frontera en el Duero y pudo bajar sin contratiempos hasta las sierras carpetovetónicas, fundando ciudades y levantando castillos. Para el cambio de milenio la España cantábrica le llevaba ya dos palmos de ventaja a la pirenaica. En ello tuvo mucho que ver aquella batalla de Simancas, donde se ganó el Duero por mucho que por allí cerca pase el Pisuerga.

Autor:  Fernando Díaz Villanueva 
Web: http://historia.libertaddigital.com/simancas-la-conquista-del-duero-1276239485.html