viernes, 24 de agosto de 2007

La teja de Villamartín de Sotoscueva

El Poema de Fernán González, escrito en el XIII, dos siglos y medio después de la muerte del Conde, por un monje del otrora poderoso monasterio de San Pedro de Arlanza, arruinado por la Desamortización, sobrevive en un manuscrito tardío, copia de cipias, celosamente custodiado en la biblioteca de El Escorial. Por allá y por aquí presenta mutilaciones y desgarraduras. Los estragos del tiempo, suele decirse; hablando con propiedad, el desastre de los hombres. Ciertos vacíos se suponen de oficio; otros no tanto. Monsergas eruditas al margen, al Poema, y que me perdonen los ángeles tutelares de la filología, le sientan de maravilla esas lanzadas: la férrea salud de sus versos no se resiente y, al contrario, legitiman de rudeza sus verídicas fantasías. Intactos perderían aroma; incólumes, quizás sonasen a falso.

Merindad de Sotoscueva, decía. Recién vencido el alto de la ermita de San Bernabé, a mano derecha de la carretera parte el ramal que discurre por medio de un encinar. El trayecto es bien corto y se quisiera algo más largo, engalanado hoy el bosque por los vacilantes conatos de una primavera engañosa y todavía con barruntos de ventisqueras. Villamartín se descubre de golpe, tendido a media ladera, al abrigo de una campa y en la solana, con una ermita tímida u reservada, casi de cuento, en posición de vigía.

Es la ermita de Santa Marina, ermita románica y arrodillada, con aires de fortaleza y ventanucos mínimos, mitad saeteras, mitad lucernas, con el nombre grabado a cincel en las piedras del portalón y una corneja sobrevolándonos. Un perro mohíno se aleja en silencio; ni siquiera gruñe, escarmentado sin duda en las razones de gruesas estacas, aunque luego, tierra por medio, se vuelva y nos ladre. Casonas amplias, de piedra suelta, con cercas y balconadas. Muchas cerradas, pero en buen estado de conservación; pocas abiertas, siete u ocho, no llegarán a diez; dos en obras, con los albañiles –de Villarcayo- afanados en la tarea: "no nos queda otra, tenemos que aprovechar estos días de claro, entre marzo y noviembre hay menos distancia de lo que el calendario reza". En cuanto amago un par de preguntas me remiten a Pauli, "él sabrá, vive allí, donde se acaba el pueblo".

Había pasado por este lugar hacía años, con prisas y sin reparar, cuando la suerte de Villamartín de Sotoscueva pintaba de recios bastos. Alguien me dijo entonces que en sus buenos tiempos, tiempos cercanos, los vecinos del pueblo sumaban más de doscientos, en su mayoría ganaderos, pero que la emigración de las décadas malditas, las del desrrollismo y los albores de la democracia, dejó en cuadro las casas y plantó las raíces de la soledad en sus calles con las malas hierbas y los zarzales borrando las veredas del monte. "Resistirán, a lo sumo, diez o doce personas"; únicamente atisbé dos ancianos, recelosos y ausentes, deambulantes tristes. Y me pasó inadvertida la ermita de Santa Marina. Qué extraño; bien sabe Dios (y hasta lo sabe el Demonio) que las ermitas, los oratorios y las iglesias rurales siempre, siempre, me apasionaron. Quién sabe, caminaría distraído.

-No, no fue en la ermita –me dice Pauli-, fue en casa de Nicanor, de Nicanor o de Santa Marina, aquí la conocíamos por las dos señas, habría pertenecido al ermitaño y luego a Nicanor, la de abajo, pero no donde mira, hombre, la de aquellos restos, en el zarzal mismamente; era como todas, ni pequeña ni grande, de dos plantas, se vendría al suelo por el comienzo de los ochenta, con Nicanor requetemuerto y el hijo ya de años en Bilbao, bien colocado, creo, él fue quien dio con la teja.

La teja de Fernán González; sin exageraciones: un milagro y, de paso, un guiño al afán rastreador de los investigadores, ratas de biblioteca y polillas de archivo, promoción tras promoción empeñados en escudriñar las primitivas huellas de tan venerable monumento de la épica castellana, el latido siquiera de los estadios anteriores a la versión conservada.

(…) Un jeme de ancho por la parte del centro, dos jemes de largo: tales se revelan las medidas de la teja, lamentablemente amputada por los bordes superiores. Presenta quince versos, quince versos del Poema de Fernán González, copiados en letrería de albalá y notarialmente sancionados por firma y cuño, como si se tratara de la primera piedra, o la última teja, de la dicha ermita, certificado de obra. Quince versos, decía; éstos, según la pulcra transcripción paleográfica de José Hernández Pérez, su atinado estudioso:


… de fuera s(o) rráyda
…seste que fues la tu mesurra
que tornase la rrueda que…
…castelanos pasad(o a) grant rrencura
con las gentes paganas fu…
(Se)ñor tu que libresste a daujd del leon
mateste al fillisteo un soberbioso (on)
…allos jodios del rrey de babillon
saca anos y libra desta tribulacion.
Señor que entre los sabios valiste a catalina
Y de muerte libreste a et…
(al) dragon destruxiste dela virgen marina
tu da a nuestras plagas la santa melecina.
……………………….
Tu libreste a danj(el) de (en)tre los leones
Libreste san mateo delos fieros (dra)o gones
Tu saca anos…


Los versos de la teja se localizan en dos momentos del Poema y, en consonancia con el lugar sagrado del que proceden, revelan fragmentos de sendas plegarias. Las tres últimas estrofas cierran el largo lamento de la introducción, la hecatombe de la España visigoda y la vaporosa existencia de Castilla, acosada de incertidumbres y con los castellanos viejos reducidos a los riscos más inaccesibles de la montaña. En la versión del monje arlantino, bien conservada al particular, rezan así, con bíblica desesperación:


Señor que entre los sabios valiste a Catalina,
e de muerte libreste a Ester la reina,
e del dragon libreste a la virgen Marina
tu da a nuestras llagas conorte e medicina.
Señor, tu que libreste a David del leon,
mateste al Filisteo, un sobevio varon,
quiteste a los jodios del rey de Babillon,
saca nos e libra nos de tal cruel presion.
Tu que librest’Susana de los falsos varones,
saqueste a Daniel de entre los leones,
libreste a San Matheo de os fieros dragones,
libra nos tu, Señor, d’aquestas tentaciones.


A su vez, la primera recoge la angustia del propio Fernán González, "mozo" (que) "iva… las cosas entendiendo". Ocupan la parte más deteriorada de la teja, milagro sobre milagro:


Señor, ya tiempo era, si fuesse tu mesura,
que mudasses la rueda, que anda a la ventura:
assaz an castellanos passada de rencura,
gentes nunca pasaron atan mala ventura.

Los designios del Señor resultan inescrutables. También los de la investigación: lo que miles y miles de fatigados infolios negaban, hételo rasgueado sobre la faz de una teja. Los versos más antiguos de tan solariego cantar de gesta. Una teja, durante siglos y siglos, combatida por los fríos del Norte, meses y meses de nieve, el mordisco del hielo, el estilete de los carámbanos. Siete centurias, siete, se dice pronto. Setenta décadas por montera en la casa del ermitaño de Santa Marina. Y su provindencial salvador aún apilaba las dichas tejas para reutilizarlas, como en efecto hizo con las restantes, en feliz hora apartada la de los garabatos que no se entendían. Material duradero propagandean al presente de cualquier alifafe que se mantenga sin goterones al cabo de una cualquiera de nuestras efímeras modas. Material duradero; cosas oiredes, amigo Sancho.


Recogido de Siete lugares (Tierras adentro), Gonzalo Santonja. Valladolid, Ámbito, 2002

1 comentario:

villamartin dijo...

Muy interesante la publicacion, gracias!


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