lunes, 16 de enero de 2012

Una historia de obesidad en la época de Fernán González

Sancho I, rey de Galicia, era hijo del segundo matrimonio de Ramiro II de León con doña Urraca Sánchez de Navarra, que a su vez era hija de la poderosísima y enérgica reina Toda Aznar de Navarra y de Sancho Garcés I de Navarra. Tras la muerte de Ramiro II (951) le sucedió su primogénito Ordoño III, casado con Urraca de Castilla, hija del influyente conde Fernán González.

Sancho I intento derrocar a su hermanastro Ordoño III, aunque no tuvo éxito. El repentino fallecimiento de Ordoño III (956) le permitió ser designado rey en Galicia, concretamente en Santiago, donde contaba con algunos partidarios, si bien no aparece como rey de León hasta el año siguiente. No obstante, pronto las tropas musulmanas atacaron con éxito las tierras leonesas, lo que supuso que muchos nobles le retiraran su apoyo a Sancho I. A la derrota sufrida se le sumaba su poca inteligencia, carácter orgulloso y problemas ocasionados por una obesidad extrema que le impedía andar, montar a caballo y enarbolar las armas en los combates. Por todo ello, los magnates lo despreciaban y el pueblo entero se mofaba de él, circunstancias que provocaron una conspiración que le obligó a huir a Navarra, designando rey a Ordoño IV el Jorobado, ya casado con Urraca de Castilla (la viuda de Ordoño III), lo que le aseguraba el apoyo de los prohombres leoneses y castellanos, sobre todo del levantisco conde Fernán González.

Es entonces cuando la ya octogenaria reina Toda de Navarra se propone que su nieto Sancho recupere el trono, pero para ello es necesario devolverle "la primitiva astucia de su ligereza". De esta forma, recurre a su sobrino Abderramán III, califa de Córdoba, quien accede a que le trate su médico, el judío Hasday Ibn Shaprut, y le proporcionará al tiempo ayuda militar. Sin embargo, Abderramán III les impone una condición: que sean ellos los que se desplacen hasta Córdoba. Ello supuso que atravesasen toda España Sancho I "que debido a su enorme peso fue trasladado en un torreón de asalto", su abuela Toda y el correspondiente séquito. Una vez en el califato, a Sancho le cosieron la boca, dejándole tan sólo una pequeña abertura para poder absorber líquidos, purgantes y hierbas "mágicas", a lo que se sumaron otros procedimientos físicos que convirtieron el tratamiento en una verdadera tortura. La dieta duró 40 días y el rey llegó a perder la mitad de su peso, con lo que ya podía caminar e incluso "yacer con una mujer". Así las cosas, recuperó el trono en el 960, entre el descontento del pueblo y nobleza.

En el año 966, en una expedición a tierras gallegas y portuguesas, encontrándose en el monasterio de Lorbán "a mi entender en lo que hoy es la iglesia de Santa María de Castrelo do Miño" se dice que el rey fue envenenado y falleció en el camino de regreso a León. Es posible que no hubiese tal envenenamiento y el rey falleciese como consecuencia del drástico tratamiento al que era sometido, lo que trae a colación la necesidad de que la obesidad sea tratada de modo personalizado por médicos especialistas y no se recurra a "productos y dietas milagrosas", que pueden conducir a la muerte. Solamente se puede emplear la medicina complementaria y alternativa, si hay evidencias suficientes de seguridad y eficacia, y tiene carácter integrador con la medicina convencional.

Autor: Francisco Martinón Sánchez
Referencia (y texto íntegro): http://www.farodevigo.es/opinion/2011/12/24/obesidad-epidemia-mundial-siglo-xxi/608771.html